miércoles, 7 de octubre de 2026

LAS POCHOLAS

 

Editada por Altaffaylla Fundacizioak, Tafalla, 2026

 

La publicación es imprescindible para hacer memoria de unas mujeres emprendedoras, posiblemente las empresarias femeninas más notables e importantes de la Navarra del siglo XX. Su obra, el restaurante que consiguió llegar a la cima de la restauración, Las Pocholas, situó a Navarra en la cúspide gastronómica de España. Se llamaban Josefina, Petra, Paquita, Floren, Fermina, Rosarito, Rosalía, Conchita y Cristina Guerendiain, Larrayotz.

Si hablo de su emprendimiento como negocio de éxito, me quedaría muy corta, pues hay en las “pocholas” y en el restaurante de su nombre algo de mito y algo de rito sagrado, y si no sonase a cursi podría yo llamarlas vestales del templo de la gastronomía.

La publicación es responsabilidad de Xavier Irujo, sobrino político, catedrático de la Universidad de Nevada, licenciado en Filología, Historia y Filosofía, investigador invitado en la Cátedra Manuel de Iruujo de la Universidad de Liverpool y profesor visitante en la Universidad de Massachusetts y en Boise State University Amherst. Es un texto ameno, no exento de rigor, con notas a pie de página y bibliografía. Alex Mújica, cocinero que se responsabilizó durante un tiempo del restaurante Las Pocholas, del hotel La Perla, actualmente frente del restaurante El Colegio, y con una trayectoria en restaurantes como Recondo, Basa Kabi, a aporta el recetario de alguno de los platos que las consagraron, desde los más clásicos, como pochas a los más sofisticados.

 Basandonos en conversaciones con las hermanas Josefina y Conchita Guerendiaín y Paquita Oiz, trabajadora de Las Pocholas, con el autor, conocemos su historia familiar. Eran hijas del matrimonio que alquilara en 1911 la posada de Guerendiain en Ulzama, Gervasio Guerendáin Urrazu, de Iraizotz y Juana Larraiotz Balda, de Larraintzar, hijo aquel de pequeño agricultor y ésta de un herrero. Ninguno de los dos heredó la “casa”, por lo que el matrimonio buscó a alquilar la posada invirtiendo los ahorros en un oficio de restauración básico, al que atendían ayudados por las hijas mayores que aprendieron pronto a manejar el producto de las labores de la huerta alquilada, donde criaban algo de ganadería, muy habitual en la vida de los caseríos, y que trasformaban en una rica comida casera al uso con un buen manejo de los fogones de leña. Montaron una pequeña tienda de productos caseros. El breve capítulo que explica los comienzos nos resulta muy interesante, ya que explica con minuciosidad la cocina del caserío, basada en la austeridad de autoabastecimiento, y al mismo tiempo el buen gusto con que se elaboraban recetas típicas de la zona de la montaña como berza, habas, alubias rojas, patorrillos, criadillas, lechezuelas, sopa de ajo o pan casero.  El matrimonio tuvo trece hijos, dos de ellos fallecidos de niños, dos chicos y las nueve chicas citadas, la última niña Cristina, nació en Pamplona. En esa época escolar tuvieron los mayores una educación muy básica, aritmética, lectura, escritura, caligrafía en la escuela del pueblo.

 Eran los padres gente trabajadora y emprendedora que en 1930 no dudó en embarcarse en una nueva aventura, al coger un traspaso de un local en la calle Comedias 2o, Casa Cuevas. Las chicas    continuaron su educación en las monjas Dominicas en la calle Jarauta, aunque imaginamos que, por la edad, las mayores ya habrían terminado su ciclo educativo. Pero la muerte del padre en 1930 y un año más tarde de la madre iba a cambiar el panorama de los hijos; las mayores, Petra y Paquita, gemelas tenían 22 años, Josefina 20, Floren 19, el resto eran menores de edad, las más pequeñas 3 y 5 años. A pesar de que un tío sacerdote las conminaba a ponerse a servir para sobrevivir, ya que el préstamo concedido para el traspaso estaba por pagar, las chicas se propusieron seguir los consejos de la madre, estar unidas siempre. Siguieron con el negocio. Acondicionaron el local, pidieron un préstamo y convirtieron Casa Cuevas en uno de los primeros restaurantes de Pamplona. Siguieron cocinando los platos de la Ulzama, y añadieron los típicos de Pamplona.

 El segundo consejo de su madre es que las chicas pequeñas y los hermanos estudiaran. Así lo hicieron, pero no ya en las Dominicas de Jarauta, Cristina y Conchita fueron al que entonces se consideraba el mejor colegio de Pamplona, el Sagrado corazón, los chicos Martintxo y José María estuvieron en el internado de Lekarotz, el colegio de la burguesía Pamplonesa. Demostraban así su afán de prosperar. En 1938 ya habían convertido el inicial negocio en un importante restaurante.

En esas mismas fechas de 1938, dado el éxito de las hermanas Guerendiain, su buen hacer, su amabilidad, belleza, buen trato y su cuidada cocina, el importante empresario Félix Huarte les sugiere la posibilidad del traslado a un mejor local, dos plantas de 300 metros cuadrados en el paseo de Valencia.  Huarte les ofreció su ayuda, concediéndoles un préstamo sin intereses a pagar a 20 años y les sugirió que el local se llamara, además del Rey Noble “Las Pocholas”, un término utilizado en Pamplona que quiere decir bonita, atractiva y agradable, así debieron ser las hermanas Guerendiain, atractivas, bonitas y agradables, cualidades que nunca perdieron. En 1938 nace “Las Pocholas, Hostal del Rey Noble”, con tanto éxito que a la inauguración asistió nada menos que Perico Chicote, lo que aumentaría el éxito de su empresa. Quizá, en mi opinión, si la fecha de inauguración fue en 1938, aún no había acabado la Guerra Civil, me resulta difícil pensar que Chicote pudo venir a Pamplona en esas fechas, ya que debía de estar en el ocupado Madrid, quizá fuera más tarde. ¿Quizá fue posterior la venida de Chicote? ¿O quizá la adecuación del local retrasó la inauguración?

 Aunque en Pamplona la Guerra civil no tenía frente, no deja de resultar audaz abrir un restaurante de categoría en esa fecha, lo que dice mucho del afán emprendedor de las hermanas. El local fue bendecido por el obispo de Pamplona, Monseñor Olaetxea. El pronto éxito y la cuidada clientela hace pensar en el apoyo de importantes empresarios que confiaban en su capacidad y en su buen hacer, como Félix Huarte, muy asentado en Madrid, Daniel Taberna, empresario importante o Estanis Aranzadi, dueño de l editorial de su nombre, que aportarían numerosos clientes a “Las Pocholas”.

Nos planteamos cómo eran las chicas Guerendiain para tal éxito y lo decimos en plural porque parece que todas ellas debieron tener valores y cualidades comunes, tal vez no sea importante individualizarlas. En primer lugar, la lealtad, para obedecer el consejo de su madre y no separarse nunca, renunciando incluso al matrimonio; y la lealtad con los amigos que les ayudaron. Su laboriosidad, ya que ellas estuvieron al frente de todo sin escatimar esfuerzo y en su empresa dieron trabajo a más de 300 personas, cifra que se ampliaba en sanfermines. Inteligencia, para llevar a cabo una gran obra desde unos orígenes precarios en un caserío. Espíritu familiar, se distribuían el trabajo siendo cada una responsable de un parte del negocio.  Religiosidad, eran muy creyentes, iban a misa todos los días y rezaba el rosario en la iglesia. Caritativas, llevaban comida a presos después de la guerra. Tenían afán de crecimiento, incorporaban nuevas recetas y estaban abiertas a las novedades. Cuidaban las formas que consideraban necesarias para hacer único su restaurant. Eran atractivas y agradables desde la juventud hasta la casi vejez Y tenían sana ambición y afán de superación. Veamos.

El proyecto fue encargado a un buen arquitecto, Joaquin Zarranz; los muebles y los tresillos del mejor fabricante de Pamplona, Ezcurdia; el mobiliario de los lavabos estaba pintado a mano por un pintor d Madrid; en las paredes colgaban cuadros de  Gaspar Montes Iturrioz; los exquisitos manjares eran servidos por chicas con uniforme negro, delantal blanco y cofia, y los comensales lo hacían en mesas con manteles blancos de hilo y cubiertos de plata. Juzgaremos que la puesta en marcha de Las Pocholas desde su inauguración apostaba por ser, un sitio de referencia. Pronto se convirtió en una visita obligada para los gourmets. En esta publicación, que incorpora la carta de1960, podemos ver, junto a los guisos típico navarros como la sopa de gallina, las magras con tomate, cordero en chilindrón, otras nuevas como el gazpacho andaluz, vol au vent de ave, pimientos rellenos, langosta a la parrilla, ajoarriero con langosta o lenguado meniere. Los precioso oscilaban desde 9oo a 1900 pts. en 1960.

Hablar de los clientes que pasaron por Las Pocholas no llevaría espacio, citaremos a alguno como Jacquelyne Kénnedi, Orson Wels, José Ortega y Gasset, Eugenio DÓrs Carlos Jiménez Díaz, Gregorio Marañón, Enrique de Orleans, Ava Gardner, Carlton Heston, Fabiola y Balduino de Bélgica, José María Escrivá de Balaguer y un amplio etcétera.

En cuanto a su rentabilidad, las cifras que aporta la publicación dan fe de su éxito: Como muestra, 2.170290 se recaudaron en sanfermines de 1971 y 4.148776 pts. en 1975.  Fue un negocio rentable, además de un acierto de postín de unas sabias empresarias que amaban lo que hacían.   Las Pocholas cerró en el año 2000.El local es ahora una chocolatería. El hotel La Perla las continúa en la Plaza del Castillo.

Las Pocholas, es una interesante publicación que aconsejo a los estudiosos del emprendimiento en Pamplona en el siglo XX, a los interesados en la gastronomía, a las mujeres que se preocupan en estudiar la historia de las mujeres y sus aportaciones, a los sibaritas, a los que quieren recordar las empresas mejores de esta tierra y a los que recordamos haber degustado en ocasiones especiales la excelencia de sus fogones y no queremos olvidarlas. La publicación incorpora numerosas fotografías.